Sociedad de la información, comunidades nootrópicas, nootecnología.

junio 3, 2008 at 12:32 pm (General)

Los objetivos políticos de la Sociedad de la Información necesitan ser debatidos, para evitar que ésta quede reducida a su -por otra parte- importante dimensión instrumental: liberalización de servicios e infraestructuras, tarifa plana para Internet, aumentos del ancho de banda de las redes, firma electrónica, ley del comercio electrónico, etcétera. Hay quien cree firmemente que la sociedad de la información es tener un teléfono celular y cargarlo de tiempos en el cajero automático, descargarse ficheros MP3, “chatear” por Internet o disponer de 200 canales de televisión por satélite.
Comunidades nootrópicas
Se dice que cuanto más y mejor acceso tengamos a la información, seremos más sabios y más ricos. De hecho, a quienes es más probable que les suceda tal cosa es a quienes viven dentro de comunidades nootrópicas, esto es, comunidades orientadas a desarrollar procesos basados en el conocimiento o generadores de conocimiento, porque –una vez más conviene insistir en ello- lo esencial no es la información, sino la cantidad y clase de conocimiento que ésta contiene. Siempre que nos refiramos a procesos cognitivos, no a mera comunicación social, es preciso admitir la supremacía del conocimiento sobre la información.
El conocimiento, con independencia de su campo de especialización y haciendo salvedad de cómo quede fijado en objetos materiales, se maneja, expresa, registra y difunde muy habitualmente por un grupo de signos, al que podemos llamar neutralmente información. Es por esa razón que la infotecnología, o tecnología de la información y de las comunicaciones, si se prefiere, juega un papel capital en el progreso del conocimiento y en el desarrollo de la tecnoosfera, de la que forma parte. Sirva como ilustración el siguiente ejemplo, tomado del mundo del arte: A efectos de estudio y de divulgación, se han digitalizado el David de Miguel Ángel, mediante escáner de láser tridimensional, al igual que la Piedad (Pietà), por fotografía digital, que ha dado un registro de 2000 millones de bits.
El conocimiento se cultiva, también se fabrica, como asimismo se fabrican las herramientas y técnicas para cultivarlo o fabricarlo, y con él se inventan y fabrican todos los artefactos que componen nuestro entorno artificial, igual que se crean instituciones, procedimientos y artes. Como cualquier ser vivo, el humano forma parte de la biosfera, pero con su inteligencia simbólica construye y reconstruye un mundo propio y aparte, la noosfera, poblado de entidades tangibles –automóvil, lentillas- e intangibles -teoría, fórmula química, música, poema, sistema de numeración-, en el que habita y con el que coevoluciona.
Los seres humanos aprenden de otros seres humanos por imitación o repitiendo acciones ya probadas hasta conseguir ciertas destrezas. Sin embargo, los genuinos canales multiplicadores del conocimiento han sido los contenedores portables de información, especialmente el libro impreso. Las medidas de instrucción pública para difundir entre la población las artes de leer y escribir, y, luego, sucesivas disposiciones para aumentar una y otra vez sus niveles educativos, han hecho el resto. Ahora, cuando hemos estabilizado la noción de aprendizaje permanente, nos cuesta trabajo creer que en pleno siglo XV eran pocos los reyes y nobles que supieran leer y escribir.
Así pues, en las sociedades desarrolladas actuales adquirir copias mentales de la noosfera se ha convertido en una necesidad individual permanente, y perentoria, al margen de que para muchos pueda ser circunstancialmente también un placer. Bajo muy diversos grados, formas y categorías, las sociedades actuales son todas sociedades de conocimiento y sociedades de información, simplemente por una cuestión de evolución. Dado que sólo es operativo el conocimiento que se construye en la mente (o en alguno de sus derivados), el proceso individual –y por extensión el grupal o societario- de extraer conocimiento de la información noosférica deviene en dispositivo social básico.
Antes, las comunidades vivían aisladas unas de otras durante años, durante siglos o siempre. Ahora, el mundo se ha transformado en un espacio social que se recorre informativamente en segundos y en un espacio físico que se cubre en horas (o en segundos). Fuerzas económicas, técnicas y políticas de un poder antes desconocido gobiernan los flujos que modifican los estados de ese mundo y de sus habitantes. En medio de las turbulencias y de tanta complejidad, los cerebros humanos operan imprevisiblemente regidos por una mezcla misteriosa de racionalidad y animalidad. La constitución de comunidades nootrópicas y el despliegue progresivo de la noocultura no garantizan la práctica de la justicia, la virtud, la solidaridad o la sabiduría. De hecho, la fragmentación del conocimiento, que conduce invariablemente a la superespecialización, es, en primera instancia, sinónimo de ignorancia o de inflexibilidad de la burocracia seudo científica. Es seguro que de ese juego de fuerzas surgirá un nuevo orden.

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